En alguna ocasión he escuchado que Sicilia, más que una isla, es un continente. Pasé un mes de agosto recorriéndola de un extremo a otro y no puedo estar más de acuerdo. La isla más grande del Mediterráneo es un agitado cóctel de vida tan variado que resulta difícil enumerar sus ingredientes. Geográfica y demográficamente tiene una complejidad que hay que vivir para llegar a entenderla, si es que acaso esto es realmente posible.
Debido a su ubicación en el Mediterráneo, un buen número de civilizaciones han dejado su huella, dotándola de una cultura y tradición que se respira por cada una de sus esquinas. Este trasiego cultural se ha visto reflejado en todos los ámbitos de la vida, incluido, como no podía ser de otra forma, el mundo del vino.
Las condiciones para el desarrollo de la viticultura siempre han sido excepcionales: sol, calor, escasas precipitaciones, laderas con altura, suelos pobres, incluso volcánicos en buena parte (no todos los suelos de la isla en los que se practica la viticultura son volcánicos). El Etna, como zona vinícola, es diferente al resto. Sus suelos son tan variados (arenas, arcillas, cenizas y lavas de distintas erupciones) que dotan a los vinos de un sello propio. También el clima difiere del resto de la isla, con drásticas diferencias térmicas entre el día y la noche.
En los más de veinticinco mil kilómetros cuadrados que tiene la isla encontramos una DOGC, Cerasuolo de la Vittoria, en la que destaca la variedad tinta frappato. Además, existen veintidós DOC en las que coexisten vinos tintos, blancos, dulces y fortificados, producidos a partir de diferentes variedades de uva.
En la DOC Vittoria destacan los vinos blancos elaborados con la variedad inzolia, mientras que en la DOC Eloro hay tintos de frappato, nero d’Avola y pignatello, al igual que en la DOC Siracusa y en la DOC Noto. Ni que decir tiene, que, en Catania, la DOC Etna, con las variedades de nerello mascalese y nero dÁvola, tiene gran peso, en buena parte, por su punto volcánico. En Messina, se encuentra la DOC Faro, una de las primeras de Sicilia, en la que destacan las cepas nerello mascalese, nerello cappuccio y nocera. En la DOC Lípari (Islas Eolías), la malvasía es una religión. En la provincia de Palermo tenemos la DOC Contea di Sclafani y la DOC Contessa Entellina. En de Agrigento, la DOC Sciacca, la DOC, Sambuca di Sicilia y la DOC Santa Margherita di Belice. En la provincia de Caltanissetta, la DOC Riesi. Por su parte, la provincia de Trapani representa más de la mitad de la superficie de viñedos y de la producción de vino de Sicilia. La DOC Marsala da nombre a los conocidos marsalas, vinos generosos elaborados con las variedades inzolia y damaschino para el Marsala dorado y ámbar y perricone o pingnatello, nero d’Avola, nerello mascalese para el Marsala rubí. La variedad moscatel está sumamente extendida por toda la isla, destacando, especialmente, la de Pantellería, bajo la DOC Moscato di Pantelleria.
Como podemos observar, la infinidad de variedades de uva y de zonas vinícolas, unido a las peculiaridades propias de suelo, clima y terroir nos hace comprender por qué Sicilia, también en el mundo del vino, es un continente.
