A lo largo de nuestra historia, el vino ha estado presente en las grandes celebraciones, tanto en el ámbito profano como en el religioso. En este último entorno, las religiones siempre han sacralizado el vino, bien por ser un producto propio de su lugar de origen, bien por su vinculación con el poder. La importancia del vino es tal en el mundo religioso que incluso tiene sus propias deidades. Los ejemplos más conocidos son Osiris, Dios del vino para los egipcios, Dionisio para los griegos y Baco para los romanos. Sin embargo, fue la religión cristiana la que subió un peldaño más concediéndole la condición de sangre de Cristo.
El cristianismo convirtió todo lo relacionado con la enología en una parábola eclesiástica. La viña representa a la iglesia, mientras que las vides a los feligreses, siendo el vino la gran metáfora al equipararlo a la sangre de Cristo. La Última Cena instituyó la eucaristía consagrando el pan como el cuerpo de Jesús y el vino en su sangre, a partir de ese momento, esta vinculación transcendió hasta un plano espiritual. Resulta indudable que este nexo influyó en la extensión de los viñedos y en la cultura del vino a través de los monasterios.
La aparición, en el siglo X, de la Orden de Cluny, reformadora de la benedictina, y su posterior transformación en la Orden del Císter, tuvo mucho que ver al respecto, cuando esta última fundó la primera abadía en Borgoña, la Abadía de Cluny. El Císter se extendió por Europa creando más de setecientos monasterios en los que se difundió la cultura vitivinícola que, a su vez, fueron creciendo conforme los monjes peregrinaban a lugares santos. El paso de los siglos ha consolidado la cultura vinícola, desarrollando y mejorando el producto que hoy bebemos.
Así pues, hoy en día, gracias a la cultura religiosa, podemos disfrutar de vinos maravillosos. La sangre de Cristo obra el milagro de la felicidad, incluso en aquellos que no son cristianos. Amén.