Hay disciplinas que parecen destinadas a encontrarse, como el vino y la fotografía. Ambas nacen de la observación, del tiempo y de la capacidad para interpretar un instante irrepetible. Nunca un vino sabe exactamente igual en dos momentos distintos ni una fotografía tampoco vuelve a capturar la misma luz. Quizá por eso tantos fotógrafos -entre los que me encuentro, aunque sea desde el rincón del aficionado- hemos sentido una especial atracción por el mundo del vino. No solo por su evidente belleza estética, sino porque el vino habla de las mismas cosas que la fotografía: paisaje, personas, paso del tiempo y memoria.
No fueron pocos los grandes fotógrafos que con sus cámaras han trabajado el mundo del vino en sus distintos ámbitos.
Robert Doisneau nunca fue un fotógrafo especializado en vino, pero pocas veces el vino aparece retratado con tanta naturalidad como en sus imágenes del París de posguerra. En sus fotografías, el vino no es un objeto de lujo, sino que nos recuerdan que forma parte de la vida diaria.
El genial Elliott Erwitt, otro de mis favoritos, también fotografió numerosas escenas donde el vino aparecía de manera espontánea. Su mirada irónica y profundamente humana convirtió muchas reuniones en pequeñas historias visuales. En ellas, el vino nunca era el protagonista absoluto, sino el catalizador de conversaciones, sonrisas y encuentros. Una lección que conviene recordar en una época en la que a veces se fotografía más la botella “instagramer” que el momento compartido.
En el ámbito paisajístico, Gérard Uféras ha dedicado parte de su trabajo a documentar algunos de los grandes paisajes vitícolas franceses. Sus imágenes de Borgoña, Burdeos y Champagne muestran una aproximación elegante y sobria, donde el paisaje tiene tanto protagonismo como quienes lo trabajan. Más que fotografiar vino, fotografía la cultura que lo hace posible.
A su vez, Michael Freeman, conocido especialmente por sus libros sobre composición fotográfica, nos enseña que la repetición de las cepas, las líneas de las espalderas, la geometría de una bodega o la textura de una barrica son magníficos ejemplos de cómo la composición puede reforzar una historia visual.
Si existe un fotógrafo que ha convertido el vino en el centro de su obra, ese es Ernie Button. Su serie «Vanishing Spirits» nació casi por casualidad al observar los residuos que dejaban el vino y los destilados al evaporarse dentro de una copa. Aquellas marcas, aparentemente insignificantes, se transformaron en paisajes abstractos de enorme belleza. Button demuestra que incluso cuando el vino ha desaparecido, sigue dejando una huella digna de ser fotografiada.
Abundando un poco más, encontramos grandes viticultores apasionados por el mundo de la fotografía como son Vincent Dancer, vigneron en Borgoña; Jerome Prevost (La Closerie), en Champagne; Miguel Ángel de Gregorio, en Rioja; o el mismo Aubert de Villaine, figura mítica de Domaine de la Romanée-Conti, entre muchos otros.
Fotografía y vino comparten una paradoja fascinante. El fotógrafo intenta detener el tiempo. El vino necesita que el tiempo siga avanzando. Sin embargo, ambos persiguen exactamente lo mismo: provocar EMOCIÓN.