Desde hace ya algunos años estamos viviendo un cambio significativo en la forma de vinificar en las zonas mediterráneas. Son muchos los productores que cada vez elaboran vinos más frescos, más ligeros y con menos extracción. No digo que esté en contra de esta tendencia, pues hay resultados sorprendentes, pero sí que me genera ciertas contradicciones. El mediterráneo es cálido y esto se traduce, inexorablemente, en potencia. No obstante, las bodegas están dando un giro a esa idea buscando vinos más frescos, ajenos a la idiosincrasia del terroir.
Por poner algún ejemplo significativo, la bodega 4 Kilos elabora una callet que parece casi una pinot noir. Bodegas Ponce produce bobales que están en las antípodas de la tradición. El Planetes de la Familia Nin Ortiz no tiene rastro de la potencia característica del Priorat. Esta tendencia no solo sucede en el arco mediterráneo español, sino también en el Ródano, tanto sur como norte. Recientemente, bebí una syrah de Tardieu Laurent que había perdido toda la esencia del concepto habitual de la reina tinta del Ródano Norte.
Con ello no pretendo posicionarme a favor de los vinos potentes, alcohólicos y concentrados, sino que lo trato de decir es que elaborar exprimiendo los vinos es restar tradición a los vinos y al terroir. Entre los dos extremos siempre hay un punto intermedio que haga valer lo positivo de ambas formas de vinificación.
Ante esta situación me planteo algunas posibilidades: ¿Llegará esta tendencia a los vinos bordeleses? O trasladándolo al otro extremo de los vinos ¿Veríamos normal una pinot noir borgoñona sobremadurada por ser demasiado fina? Por su parte, los vinos de Rioja y Ribera del Duero están evolucionando y, desde mi punto de vista, lo están haciendo muy bien. La presencia de la madera cada vez es menor. La fruta y la frescura predomina en los vinos, pero la tipicidad de la zona sigue presente en la mayoría de las botellas.
El equilibrio de la tradición y las tendencias debe primar en todo caso. El vino es un constante cambio. La evolución en busca de la mejor calidad posible es necesaria, pero, particularmente, opino que no todo vale. Un vino mediterráneo tiene que exhibir su paisaje, al igual que un vino gallego o alemán el suyo. Lo contrario no es evolución, sino moda.